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Color etiópico: Feijoo y las razas humanas

Entre el abigarrado conjunto de temas que intentó explicar el fraile español Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) no faltan las razas humanas. El tomo VII de su Teatro crítico universal trata, en concreto, sobre el “color etiópico”.

Existe también un estudio interesante a cargo de Alfredo O. Aldridge (1971) publicado por el Instituto Cervantes Virtual, y que arroja bastante luz sobre el texto. Para Aldridge el discurso de Feijoo “no es de ningún modo el producto de una mente provinciana” y forma parte de un debate internacional que ya en el siglo XVII estaba teniendo lugar sobre las razas humanas. El sentido de “raza humana” como grupo humano con características naturales diferentes, por otra parte, no es ajeno al idioma español tradicional, como a veces se dice. Feijoo utiliza la palabra “raza” al menos tres veces en este mismo sentido.

¿Es el color de los africanos negros un fruto del ambiente o de la herencia? ¿Está la raza humana en decadencia? Para intentar responder a estas preguntas Feijoo utiliza argumentos naturales, pero principalmente argumentos basados en la Biblia y la autoridad eclesiástica. El fraile ataca las concepciones hereditaristas por considerarlas irreverentes y en asociación con la herejía “Preadamita”, según la cual Dios creó hombres de otras razas antes de Adán. Rechaza también la idea malditista de que los negros descendían de un hijo de Caín.

Voltaire había defendido que el color de los negros no podía proceder del clima, ya que “trasladados a países más fríos, procrean siempre hijos de la misma especie”. Sin embargo, Feijoo rechaza que los negros constituyan una “raza” diferente, debido a que esto pondría en cuestión que Adán era el padre de toda la raza humana, en el supuesto común de que Adán era blanco.

Igualmente, el fraile descarta las teorías antiguas según las cuales el “color etiópico” era el producto de un exceso de sol, defendida por Plinio, Ovidio e incluso por el naturalista Buffon, o la idea todavía más estrafalaria de que el pensamiento de las madres podía influir en el color de sus hijos. Sin embargo, el propio Feijoo termina favorecendo una causa ambiental para el color etiópico: “el influjo del clima y el país que habitan”, en particular “los jugos, hábitos o efluvios de la tierra”. El suelo y el aire hacen a las razas humanas, aunque sus efectos son lo basante fuertes como para no desaparecer fácilmente en varias generaciones.

La “teoría” de Feijoo se puede considerar monogenista (en realidad, adánica) y contrastaba con el poligenismo que defendían diversos autores europeos de la época. Como escribe Aldridge:

Fuera de España, la mayoría de los autores coinciden con Voltaire en afirmar que los negros pertenecen a una raza distinta y, oponiéndose a Feijoo, insisten en la independencia de las razas. El autor inglés Edward Long introdujo el concepto de la “great chain of being” y afirmaba que los negros ni siquiera eran seres humanos, sino que “ascendían progresivamente en la escala del intelecto cuánto más se alejaban del orangután y los animales”. Montesquieu sostenía, de modo similar, que los negros no estaban sujetos a la ley natural porque pertenecían a una especie diferente. “Nadie puede imaginar”, escribía, con cierto tono irónico, “que Dios es un ser muy sabio, pudo haber puesto un alma, especialmente un alma buena, en un cuerpo que es completamente negro. 

En un post posterior, a través de la disputa entre Kant y Herder, veremos que la defensa de las razas humanas no es incompatible con el monogenismo o la unidad de la especie.

Es muy interesante precisar que, al inicio de su discurso, Feijoo arremete frontalmente contra la libertad filosófica:

La libertad en discurrir es utilísima. Sin ella no se hubiera adelantado un palmo de tierra en la Física. Pero todas las cosas tienen su medio honesto, y sus extremos viciosos. Es preciso dar algo de rienda al entendimiento, pero no dejarle sin rienda. La obediencia, o servil, o ciega, que por tanto tiempo lograron Aristóteles, y Platón, mayor, y más prolongada el primero, que el segundo, entre todos los estudiosos de la Filosofía, tuvieron en grillos al entendimiento humano, y en tinieblas la naturaleza. Mas en el otro extremo es mucho mayor el peligro. Una libertad incircunscripta fácilmente declina a libertinaje. Hay errores filosóficos incompatibles con los dogmas revelados; unos en quienes está la oposición a los ojos; otros donde está envuelta en varias consecuencias, que como otros tantos escalones [67] llevan al precipicio. En los primeros sólo cae la malicia; en los segundos tropieza la inadvertencia. El campo de la Filosofía es dilatadísimo, y muchas veces, donde menos se piensa, es tan infiel el terreno, que debajo de la superficie se oculta caverna, que conduce derechamente al abismo. El asunto, que tenemos entre manos, nos ministra un ejemplo. 

Feijoo critica la “libertad incircunscripta” claramente en la medida en que esta intersecciona con los dogmas católicos y con la autoridad bíblica. En este sentido, su advertencia no deja de asemejarse a los llamamientos modernos para silenciar o suprimir la investigación sobre las razas humanas. Si bien hoy la base para rechazar la libertad filosófica no es ya la Biblia, o la autoridad de los concilios, sino acaso la doctrina del relativismo cultural y el multiculturalismo.

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