La Iglesia Católica contra la violencia popular

Existe una gran variedad de causas que explican por qué unas sociedades humanas son en general más violentas que otras. Algunas son culturales, otras biológicas, y a menudo una combinación. Algunas causas son más remotas, como implica la hipótesis sobre la domesticación del hombre moderno (según Gregory Clark los humanos modernos “mantienen la misma relación con sus antecesores cazadores y recolectores que la mantenida entre el perro moderno y los lobos"), pero otras son más recientes y sensibles a los contextos históricos.

Peter Frost, en este sentido, explica que la “pacificación” de los europeos tiene lugar mucho antes de lo que a veces se presume, y no nace de los “valores ilustrados” del siglo XVIII. Esta pacificación tampoco se redujo al norte de Europa ni al ámbito político y cultural protestante. Un artículo publicado por Hispania sacra, Corregir y disciplinar conductas: actitud de la iglesia católica contra la violencia popular, de Javier Ruiz Astiz, explica el papel de la iglesia en la pacificación de las costumbres bajo la monarquía hispánica del siglo XVI al XVIII.

Este movimiento de reforma y pacificación se habría acelerado en especial tras el concilio de Trento (1545-1563), la respuesta católica al desafío protestante del norte de Europa. La idea católica, apunta Ruiz Astiz es “reformar la sociedad en todos sus estratos sociales, y de una manera transversal para que afectase desde el clero a la muchedumbre, pasando por la nobleza”. El “disciplinamiento social” se persiguió con ahínco desde las distintas constituciones sinodales, desde los manuales de confesores y los sermonarios: “el objetivo primordial que trataron de alcanzar los clérigos fue la edificación de una nueva sociedad a través de la teología moral”.

Las críticas moralistas de los clérigos afectaron tanto a las expresiones de violencia física y popular, desde rencillas vecinales a tumultos, agresiones físicas, duelos y homicidios, como a la violencia moral y de las costumbres, “cantares sucios y deshonestos”, injurias, murmuraciones, etcétera.

Se suponía que los propios clérigos debían servir como ejemplo. Una de estas constituciones sinodales establecía la obligación de los eclesiásticos “a dar ejemplo al pueblo en toda obra de virtud, mayormente en la concordia y paz, que debemos tener unos con otros, amonestamos y mandamos a todos nuestros súbditos, así clérigos como legos, vivan en toda paz, y sin rencor alguno”.

Estos esfuerzos seculares del estamento eclesiástico -siempre con la colaboración del estado- por “pacificar” al vulgo, y a sí mismos, muestra en todo caso que la conducta moral no es algo que simplemente aparece de forma “natural” en las sociedades, sino que precisa una gran vigilancia disciplinaria.

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