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La excomunión de Tim Hunt

La última víctima de la turba justiciera se llama Tim Hunt y fue ganador de un premio nobel de fisiología o medicina.

Hunt fue forzado a dimitir este mismo mes de su puesto como profesor emérito en el university college de Londres, donde daba clases de fisiología, después de que los medios, y algunos compañeros suyos, se hicieran eco de unas declaraciones consideradas "controvertidas" durante una conferencia en Corea del Sur. Por lo visto Hunt sugirió informalmente –más bien en tono de broma– la segregación sexual en los laboratorios para evitar interferencias emocionales en el proceso científico, un obvio crimethink para la ideología igualitarista que también domina las instituciones científicas.

De hecho, la Royal Society se ha distanciado de las impurezas de Hunt, subrayando que “demasiados individuos con talento no llegan a realizar su potencial científico debido a problemas tales como el género, y la sociedad está comprometida a hacer que avancen estos derechos”.

Algunos colegas de Hunt, como el profesor de farmacología David Colquhoun, también han afeado la conducta de Hunt: “un desastre para el avance de las mujeres”. Tal como argumenta Linda Gottfredson (2010) (PDF), la ayuda de los colegas es algo que no se puede dar simplemente por supuesto cuando se trata de defender la libertad académica frente a las reacciones moralizantes.

La hiperreacción ha incluído a la revista Nature, que ha aprovechado para retuitear un monográfico sobre "mujeres en la ciencia". Aunque quizás sería más adecuado decir "supermujeres" a juzgar por algunas fotografías que ilustran el reportaje. La revista con mayor impacto científico del planeta recomienda entrenamiento ideológico para aspirantes a científicos ("Gender-bias training for scientists", "ethics training"), que sean invitados menos hombres a los congresos, que se publiquen menos artículos de hombres en las revistas o que se usen expresiones como –traduciéndolo al español– "todos y todas". En conjunto se trata de "sugerencias" envueltas en razones moralizantes cada vez menos vulnerables a las críticas. Los costos de disentir son altísimos. Recordemos que Nature ya se había excusado por publicar una carta crítica con este planteamiento.

No sorprendentemente la reacción a los comentarios de Hunt también están ideológicamente motivados, y desde posiciones muy familiares: “El furor que ha seguido a estos comentarios en sí tan poco reseñables son típicos de la hipocresía e hipersensibilidad de la izquierda. Sus creencias sagradas, entre las que figura la idea de que las mujeres y los hombres son a todas luces intercambiables en sus intenciones y objetivos, no reciben el mismo nivel de escrutinio o burla que las creencias sagradas de sus enemigos”.

Igual que en casos recientes y similares, las excusas públicas no han resultado eficaces. Eso sí, cabe distinguir la honradez de Richard Dawkins, en contraste con el tono tumultuario de muchos colegas de Hunt, así como de los periodistas científicos (¿hay alguna sección de los periódicos más politizada que la de ciencia?) y comentaristas habituales.

Para resumir: el último éxito del igualitarismo obligatorio y de los ideales resplandecientes es privar a los alumnos (y alumnas) de una universidad de la enseñanza de un premio Nobel, que a partir de ahora deberá dedicarse preferentemente a la jardinería en lugar de a la bioquímica.

Si continúan empleándose estos criterios de vigilancia moral los únicos científicos capaces de conservar sus puestos serán aquellos que en adelante ostenten la ideología adecuada, acaso tras pasar por distintos cursos de "ética" y "sesgos de género", o simplemente aquellos que sepan mantener la boca cerrada. El filtro es cada vez más riguroso. Santiago Ramón y Cajal, uno de nuestros escasos Nobel en ciencias duras (el otro es Severo Ochoa), no lo pasaría. A buen seguro tampoco podría dar clases hoy en una universidad española: "Salvo honrosas excepciones, tales hembras constituyen perturbación o perenne ocasión de disgusto para el cultivador de la ciencia."

#reinstateTimHunt

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