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Una nota sobre ciencias modernas y ciencias reaccionarias

Se ha clasificado a las ciencias en función de distintos criterios, desde el medieval Trivium et quadrivium, hasta la distinción romántica, a la Dilthey, entre “ciencias del espíritu” (Geisteswissenschaften) y “ciencias de la naturaleza” (Naturwissenschaften), pasando por la más rudimentaria separación entre ciencias “blandas” y “duras”.

Inspirándonos en el planteamiento –tan fecundo– de Peter Sloterdijk, podríamos clasificar ahora las ciencias en función de su relación con la genealogía, la idea de lo “moderno” y la “reacción” que se le opone.

Serían ciencias no genealógicas aquellas que establecen verdades con independencia de los orígenes o genealogía de esas mismas verdades (causalidad no genealógica). Son ciencias no genealógicas, en este sentido, la geometría, la lógica, las matemáticas y parte de la física, así como las ciencias humanas basadas en el determinismo o el funcionalismo cultural.

Serían ciencias genealógicas, por el contrario, aquellas cuyas verdades están esencialmente comprometidas con cadenas genealógicas de sentido (causalidad genealógica). La historia –si llega a ser “ciencia”–, la genética, la biología evolucionista o la psicología evolucionista son ciencias genealógicas por antonomasia.

Para poner unos ejemplos, el teorema de Pitágoras  es válido en todo tiempo y lugar, pero la validez del sistema democrático de gobierno sí depende de factores genealógicos, desde la historia cultural de las sociedades a la arquitectura del parentesco y los niveles de consanguinidad. Los cuerpos físicos obedecen a las leyes no genealógicas descubiertas por Newton, también en todo tiempo y lugar, mientras que los rasgos psicológicos de las personas obedecen a factores causales genealógicos –desde el "ambiente adaptativo ancestral" a otras presiones selectivas recientes– y difieren individualmente.

Utilizando una célebre distinción de los lingüistas, se puede decir que las ciencias no genealógicas producen verdades sincrónicas, mientras que las ciencias genealógicas producen verdades diacrónicas. Pero estas verdades no siempre conviven pacíficamente, sino que pueden entrar en contradicción –Gustavo Bueno ya insinúa una "dialéctica de las ciencias" en el primer tomo de la Teoría del cierre categorial.

En la medida en que la modernidad se sustenta en la pasión antigenealógica, tiende a favorecer no sólo ya ciencias “no genealógicas” sino fervientemente antigenealógicas. El cogito cartesiano, la doctrina psicológica del “Blank slate”, o el determinismo cultural típico de la escuela boasiana, o de lo sociología hegemónica, que Pinker llama "Standard Social Science Model", son claros ejemplos de ciencia moderna antigenealógica.

La ciencia genealógica –reaccionaria en este sentido–, sin embargo comienza a recuperarse lentamente a partir de la segunda mitad del siglo pasado, en particular restableciendo el vínculo perdido con la tradición evolucionista y darwinista del siglo XIX –vínculo roto debido supuestamente al contacto con ideologías "totalitarias".

Es conocido el punto de vista de Mayr reivindicando la biología como ciencia histórica, es decir, genealógica.

Cuando Wilson llama polémicamente a "biologizar" el estudio de la moralidad, esto tiene también que ver con restaurar los lazos genealógicos perdidos.

Parafraseando a Dobzhansky, según esta perspectiva contestataria nada tiene sentido en ciencia –humana en particular– excepto bajo el prisma de la genealogía.

Más que una discusión racional pura en el marco de una ciencia perfecta y humanamente desinteresada, la pasión moderna antigenealógica, con su hostilidad a la historia, y su horror hacia los orígenes vergonzosos y robustos, explica mejor las controversias interminables que rodean a las ciencias genealógicas.

Por más que los psicólogos evolucionistas, los genetistas o los historiadores actuales rehúsen autodescribirse como políticamente “reaccionarios”, también es muy claro que el descubrimiento científico de genealogías legítimas obstaculiza el proyecto moderno de liberar a los nuevos hombres de cualquier idea de ascendencia. Para las ciencias modernas sería más cómodo operar en un mundo causalmente no genealógico.

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