Cómo hacer creer que se miente con estadísticas

En general se sabe que con las estadísticas se puede mentir –aunque aún es más fácil hacerlo sin ellas. Afinando más, Charles Murray precisaba en un artículo de hace unos años (2005) cuál es la táctica más eficaz si se quiere acusar a otro de mentir con estadísticas.

Murray se basa en una ya larga experiencia encajando críticas, tras la publicación en 1994 de su libro The bell curve, junto con Richard Herrnstein. La penúltima crítica es bastante detallada, y corre a cargo de Eric Turkheimer, Kathryn Paige Harden y Richard E. Nisbett, que acusan a Murray de seguir vendiendo nada menos que “ciencia basura” y de rebote también la toman con Sam Harris por su entrevista reciente.

En su breve artículo, publicado en Statistical science, Murray pasaba revista a diferentes maneras de triturar una idea con razonamientos aparentemente estadísticos: cuestionar la validez de la muestra, poner en duda el coeficiente de determinación, sugerir que el autor debería haber empleado otras variables, insinuar que alguna “hipótesis alternativa” explica mejor los resultados, citar estudios con resultados anómalos o reconstruir el punto de vista criticado de forma que parezca moralmente repulsivo.

Esta última táctica está especialmente indicada para poner en duda resultados que van en contra del zeitgeist dominante en la ciencia de un momento dado. Al fin y al cabo los científicos no son héroes racionales motivados únicamente en buscar la verdad, que comparten información lealmente dentro de una “comunidad”, rara vez engañan, están dispuestos a cambiar de opinión a la luz de nueva “evidencia”, y son felices reconociendo sus errores. Las evidencias en sentido opuesto son abrumadoras: los científicos son racionalizadores motivados como el resto de los humanos, están muy influidos por las corrientes ideológicas del momento, el fraude es frecuente, y es raro que cambien de ideas importantes incluso a la luz de evidencias claras.

Lo cierto es que la hipótesis –llamémosle Hipótesis B– de Murray y Herrnstein arremete contra una suposición filosófica –llamémosle Hipótesis A– que dura ya más de cinco siglos y está rodeada por fuertes barreras de protección moral y religiosa (está ya en Francisco de Vitoria*: "el que parezcan –los indios– tan retrasados y tan romos se debe, creo yo, a su mala y bárbara educación, ya que entre nosotros también vemos campesinos poco diferentes de los brutos animales"): la idea de que las diferencias humanas significativas, cuando se encuentran, se deben principalmente a la educación y la cultura.

No pido al lector filósofo que de por buena la oscura y ogra Hipótesis B. Quizás Turkheimer, Paige y Nisbett lleven razón defendiendo básicamente la Hipótesis A. Lo que sugiero es hacer el ejercicio mental de entender cuánto les costaría a nuestros más largamente acariciados proyectos civilizatorios que la Hipótesis B fuera cierta y, en consecuencia, apreciar el poder de los incentivos sociales para seguir favoreciendo, mediante muy diferentes tácticas de racionalización, que prevalezca la hipótesis alternativa.

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(*) Relección primera sobre los indios recientemente descubiertos (1539).

Comentarios

  1. Está claro que los científicos son seres humanos con todo lo que ello conlleva, el hecho de ejercer una profesión que se maneja por principios, a través del conocimiento empírico, no ha resultado nunca un barrera para frenar los intereses personales de personas con pocos escrúpulos e ideas con poca porción de realidad. La ciencia está subordinada a la política. Como la política controla la economía y por lo tanto a los grandes medios de comunicación, la educación, etc, condenan fácilmente al ostracismo todo aquello que no se adhiera o se salga de sus propios prejuicios y de su ideología. Y a la mayoría les da igual, pero seguimos viviendo oprimidos por una especie de policía del pensamiento ''suave'' (a algunos afectados no les parecerá tan suave).

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