Cultura de honor, cultura de dignidad y cultura de victimización

Los duelistas (Ridley Scott, 1977)

Lo que se llama “proceso de civilización” o “proceso de pacificación” es en realidad un profundo trámite que hunde sus raíces en la prehistoria humana, cuando los cerebros, la anatomía y la conducta de nuestros ancestros se hace más “femenina”, más dócil y menos propensa a la violencia que los antropólogos llaman “reactiva” –siempre en comparación a nuestros parientes primates.

La propensión a reaccionar airadamente ante las ofensas y las amenazas de los prójimos, sin embargo, no es erradicada plenamente en lo que los antropólogos llaman todavía “culturas de honor”, caracterizadas por “una gran preocupación por la reputación y una propensión a responder de forma violenta a cualquier actitud que sea interpretada como menosprecio o falta de respeto”.

Las “culturas de honor” florecen donde el estado y la ley central no están implantadas. Los duelos, las justas y las deudas de sangre son más típicas en sociedades pre-cristianas o en proceso de cristianización. Por el contrario las llamadas “culturas de dignidad”, idea introducida por el cristianismo paulino triunfante, presumen que “todos los seres humanos poseen una dignidad que no debe ser ganada o defendida personalmente”, y es entonces cuando los conflictos interpersonales tienden a resolverse de acuerdo con la ley y la autoridad –ampliamente avalada en el Nuevo Testamento.

Aunque el sesgo proilustrado suele asociar automáticamente la evolución de esta “cultura de dignidad” con el nacimiento del estado moderno y liberal, en los siglos XVIII y XIX, y después de la "ética de derechos humanos", el proceso es evidentemente mucho más profundo y resulta inseparable de la consolidación del poder regio y el concepto de la ley moral en la sociedad cristiana europea. Prescindiendo de estas bases religiosas la evolución de las “culturas de dignidad” es muy difícil de entender. Es una tarea ardua señalar una genuina “cultura de dignidad” que no se asiente sobre esta base histórica, por más que a veces se pretenda ignorar. Muy singularmente el título 1 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea reconoce que “la dignidad humana es inviolable”, y esto sin perjuicio de que el texto de los tratados europeos no reconozca las raíces cristianas de un modo explícito.

Según Jonathan Haidt, que se basa en un estudio de Campbell y Manning sobre “microagresiones” en las universidades anglosajonas, la “cultura de la dignidad” está dando paso actualmente a una “cultura de la victimización”, una especie de cultura moral híbrida “en la que se anima a las personas a responder a las más leves ofensas, tal como ocurre en una cultura de honor. Pero no se apela a las propias fuerzas, sino a la ayuda de otros con poder o en cuerpos administrativos”.

Para Haidt esta nueva y nunca vista "cultura", característica por cierto de las sociedades pos-cristianas y de ninguna otra, está creando una “dependencia moral” de las víctimas y una hipersensibilidad nunca vista hacia las ofensas: “a medida que se progresa hacia una sociedad más igual y humana, se necesita una ofensa cada vez más pequeña para desencadenar un alto nivel de indignación”. En estas “cultura de la victimización” la más ligera apreciación identificable con un trato no igualitario, en los términos aceptados por el grupo que detenta la moral más virtuosa, puede originar una verdadera persecución ideológica, moral o legal contra los autores de una pretendida ofensa. Me excuso de poner ejemplos pues están al alcance de cualquiera.

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